Lo burdo del espectáculo hizo recordar a la intelectualidad progresista del mundo que se trataba de un nuevo proceso similar a los instaurados por Stalin en la antigua Unión Soviética, y reaccionaron de inmediato enviándoles dos cartas a Fidel Castro firmadas por lo más granado y prestigioso de los intelectuales lúcidos que, aunque militando en posiciones de la izquierda política, no cejaron en su empeño de denunciar ante el mundo la gran farsa y sacar a luz el verdadero carácter totalitario del dictador caribeño como un nuevo émulo de Stalin. Quiero significar que no se trató, como luego llamaría Castro, de intelectuales de salón preocupados sólo por brillar y destacarse en una sociedad decadente, no, basta el caso del intelectual comunista mexicano Revueltas quien tuvo que firmar desde la cárcel donde cumplía condenas por sus acciones revolucionarias de militante comunista.
Según los propios castristas el “Caso Padilla” vino a significar la primera gran herida abierta a la Revolución Cubana. De hecho fue la primera gran toma de conciencia que se produjo en la izquierda internacional para abrirnos los ojos a toda la podredumbre que se esconde detrás de la fachada de los llamados paraísos comunistas.
La llamada “autocrítica” se produjo en los salones de la Uneac el 27 abril de 1971 y Fidel Castro convocó al llamado Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura justo tres días después, el 30 de abril de aquel mismo año. En ese Primer Congreso, que como dijo un reconocido intelectual cubano, “menos mal que sólo se celebró uno, porque de lo contrario no hubiera quedado nadie”, Fidel Castro dijo —refiriéndose evidentemente al libro premiado de Heberto, Fuera del juego—: “Por cuestión de principios hay algunos libros de los que no se debe publicar ni un ejemplar, ni un capítulo, ni una página”,1 evidenciando el verdadero carácter totalitario de su régimen.
En ese Congreso también se dictaron normas tan ridículas como de qué forma debían vestirse los jóvenes cubanos, destacando el uso de la guayabera como “prenda de vestir de identidad nacional” y la música que debía escucharse en la radio. Se prohibieron de manera oficial y radical toda música que conllevase al diversionismo ideológico, o sea el rock y otras modalidades. Se fustigó a la homosexualidad como figura delictiva y se llegó hasta más lejos cuando, en uno de sus acápites decía: “Un homosexual sería llevado ante las autoridades y procesado legalmente solamente por la pública ostentación de su condición”. Y así nació el “parametraje”.
Las opiniones se dividieron antes y después de las Declaraciones Finales del evento. De un lado, la gran mayoría, estábamos quienes consideramos a la autocrítica como una farsa, una especie de opereta veleidosa concebida, guiada y conducida por la Seguridad del Estado donde los involucrados debían seguir línea a línea un guión y del otro lado los más “politizados” que por disciplina consideraban a la autocrítica genuina, veían en Heberto y en Belkis a unos agentes de la CIA quienes entregaban las armas al enemigo y contribuían al “diversionismo ideológico” entre los intelectuales y los creadores del país.
En aquellos lejanos días yo todavía me mantenía joven, acababa de cumplir veinticinco años y sin posar de rebelde que no piensa las cosas seriamente —en realidad nunca he tenido madera de héroe, ni mucho menos de mártir—, me dejé llevar por la indignación que nos movía a todos los que nos solidarizábamos con Belkis y Heberto, aquel binomio inseparable, y escribí un poema con un título muy largo e irónico: “Pendiente para discutir en un nuevo congreso”, y que llevaba, además, la siguiente dedicatoria: “A Heberto, en gratitud, por abrirnos los ojos”, y animado por mis compañeros le di lectura una noche en el otoño de aquel mismo año 1971 en el patio de la Casa Museo Heredia.
Las críticas llovieron. Los que hasta entonces consideraba mis amigos me demostraron lo contrario. Sólo recuerdo que Jesús Cos Cause, que había leído previamente el poema y lo consideraba bueno o, para parafrasearle, “está muy bien estructurado, me gusta, pero esconde ideas que no logro desentrañar”, no asistió a la discusión, alegando que se sentía agripado y debían disculparle pero se quedaría en su casa reposando. Creo que su actitud fue muy inteligente, pues apoyarme hubiese sido muy arriesgado de su parte y significado un alto costo político para su carrera diplomática. Unos meses después del incidente lo ví en compañía de una muchacha en el Parque Céspedes. Yo, la verdad, traté de ignorarlo para no perjudicarlo, pero él me gritó “¡Poeta!”, y vino a mi encuentro. Nos saludamos con mucho afecto, pero no tocamos para nada el tema. Nunca más le volví a ver hasta que el año pasado navegando en la red descubrí la noticia de su fallecimiento.
Fragmento del libro de relatos testimoniales La piel de la memoria.
1.-Fidel Castro Ruz. Discurso de clausura del Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura. La Habana, 30 de abril de 1971.
2.-CJEAO, Columna Juvenil de Escritores y Artistas de Oriente.
3.-Uneac, Unión de Escritores y Artistas de Cuba.
Banes,Cuba (1945) Poeta y narrador. De joven integró la Columna Juvenil de Escritores y Artistas de Oriente y fue promotor cultural. Actualmente es assistant editor de Linden Lane Magazine, el tabloide literario que fundaron los poetas Belkis Cuza Malé y Heberto Padilla en New Jersey, USA, en 1981 y que se ha vuelto el decano de la prensa literaria cubana en el exilio. Colabora con periódicos y magazines literarios digitales e impresos. Mantiene inéditos los poemarios: "Poesía Repartida", "Poeta en la Luna de Cuba" y "Alvenix, un ángel",así como el libro de relatos testimoniales " La Piel de la Memoria". Desde 1980 reside en California, Estados Unidos.